viernes, 20 de marzo de 2009

mujeres en gerencia


En mayo de 2004, en pleno apogeo de la guerra de talento, Groysberg y sus colegas de Harvard Business School escribieron acerca de los riesgos de "robarse" a empleados estrella de los competidores. Después de estudiar las fortunas de más de 1.000 analistas bursátiles, encontraron que cuando una "estrella" cambiaba a otra empresa, no sólo su desempeño se desmoronaba, sino que el desempeño del grupo al que se unía también se venía abajo, así como el valor de mercado de la nueva empresa.Sin embargo, descubrieron que había un grupo de analistas que lograban mantener el desempeño: las mujeres. A diferencia de sus homólogos masculinos, las "estrellas" femeninas que se mudaban a otra empresa, en general, mantenían su desempeño en niveles parecidos a las que se quedaban. Las 189 mujeres de la muestra (18% de todas las estrellas estudiadas), lograban mejores resultados que los hombres. ¿Las razones? En primer lugar, las analistas mujeres habían construido su éxito en torno relaciones externas y "portátiles" con los clientes y las empresas que cubrían en sus análisis, y no en las relaciones internas dentro de sus propias empresas (los hombres, en cambio, desarrollaron mayor capital humano dentro de sus firmas y equipos, invirtiendo más en redes internas, habilidades y recursos). En segundo lugar, las mujeres tuvieron más cuidado al seleccionar a su nuevo empleador.

lunes, 16 de marzo de 2009

el feminismo paranóico


Estamos tan obsesionadas con la igualdad y los derechos femeninos que nos hemos transformado en conspiradoras paranoicas y resentidas. Nos asusta tanto convertirnos en la mujer detrás del hombre o a la izquierda en la mesa, que hemos perdido el centro.Hoy, para nosotras, llevarle un vaso de agua a un hombre representa mucho más que un favor; es servilismo, sometimiento, desigualdad.

Vivimos supervisando todos los gestos, como la Santa Inquisición del feminismo. Si nos regalan una licuadora, nos están mandando a la cocina; si nos abren la puerta, nos sugieren que somos débiles; si no nos cuentan algo, no nos dan nuestro lugar; si nos consultan todo, nos ponen en el rol de madre; si nos preguntan qué vamos a comer, en realidad nos exigen la cena y si nos piden un calzón, nos están diciendo siervas, lavanderas, esclavas, lacayas.Necesitamos dejar en claro que somos iguales o mejores que ellos con tanta avidez y desesperación, que caemos en nuestra propia trampa; porque cada vez que nos importa quien abre la puerta o quien paga la cena, estamos realzando la diferencia, probando que sí existe. Y cada vez que la negamos o la discutimos la hacemos más grande.La igualdad no llegará hasta que nosotras nos comportemos como iguales, hasta que olvidemos el estereotipo y el mandato. No tenemos que elegir nada. No tenemos que odiar el rimmel para ser inteligentes, ser célibes para ser valientes o pedir delivery para ser modernas. Somos mujeres, y podemos tenerlo todo, lo mejor de ambos mundos: las galletas de jengibre y el doctorado. El ascenso y un costurero. Una familia enorme o una familia de dos. Podemos elegir todo. Y eso, es la igualdad.